¿Para qué vives? ¿para qué trabajas? ¿para qué ganas dinero? ¿para qué te relacionas?….

¿Te has planteado estas preguntas seriamente y en profundidad?

Desde mi punto de vista, aquellas personas que se plantean y responden a estas preguntas con sus decisiones y actos han iniciado el viaje del miedo a la libertad.

Nos educaron en relación a un modelo preestablecido, más bien, nos introyectaron uno modelo funcional de vida que establece los «para qué» debemos hacer todo lo que hacemos. Asumir el modelo es perder nuestro poder y alejarnos de nuestra esencia.

Es, manifestando lo que somos y recibiendo el retorno del ambiente, que podemos acceder al camino de la sabiduría. Para ello, es preciso prescindir lo máximo posible de los modelos y de estilos de vida impuestos. Y sustituirlos por la sabiduría adquirida por la experiencia vital propia.

La educación que mayoritariamente hemos recibido se basa en implantar un modelo de vida en nuestro sistema de creencias, basado en adquirir unos conocimientos por la vía de la enseñanza, siguiendo sistemas imitativos, de normas, conductas adecuadas y tendencias de valor para todos iguales. Que lindo sería sumergirse en un proceso educativo basado en alentar la experimentación directa y aprender de ello. A descubrir por uno mismo lo que es bueno para sí y para el bien común. Que lindo sería una educación para la libertad y no para el condicionamiento que esclaviza a la persona.

Una de las consecuencias de crecer bajo estas condiciones es que se ha limitado la capacidad de explorar la vida en sus diversas formas. Explorar con plenitud la vida es no tener miedo a tomar decisiones, entender que la vida es cambio continuo, que los errores nos ayudan a aprender, que somos un potencial a desarrollar y en la medida que nos arriesgamos y nos atrevemos, maduramos.

La falta de desarrollo de la capacidad de autoexploración y de aprender de la experiencia propia nos esclaviza a seguir modelos de vida que otros han diseñado. Esto nos lleva a establecer relaciones de dependencia y a vivir de una forma mediocre. Imponer un modelo es reducir al ser humano a su mínima expresión. Vivir la vida bajo la mínima expresión, desde mi punto de vista, es la forma más extendida de sufrimiento.

Dicho con otras palabras, vivimos con una angustia de fondo, a veces sutil y a veces desesperante, de que falta algo. Lo peor de todo es que muchas personas han normalizado esta angustia o ni siquiera se dan cuenta de que son porteadores de ella. Nos falta explorar la vida con plenitud y decidida por uno mismo.

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