• ¿Te imaginas que la finalidad de la educación fuera la felicidad de las personas?
  • ¿Te imaginas una educación, una economía y una política del bien común?
  • ¿Cómo hacemos para construir una sociedad del bien común?
  • ¿Cuál es el reto personal para alcanzar tal noble fin colectivo?
  • ¿Te imaginas una sociedad cooperativa en lugar de competitiva?
  • ¿Te imaginas una sociedad con corazón?

Fue una revelación para mí cuando a través de Claudia Casanova y Enzo Rossi me llegaron las enseñanzas de Antonio Blay sobre el potencial humano. Somos un potencial de energía, inteligencia y  afectividad, los mismos tres centros que señaló Gurdjíeff . O como dirían en India sat, chi, ananda.  O como nos señalan los budistas con las tres cualidades del Buda: poder, sabiduría y amor. También Claudio Naranjo nos habla que somos seres tricerebrados haciendo referencia a las cualidades de nuestro cerebro con sus tres partes bien diferenciadas: el cerebro el instintivo/vital que se corresponde con el núcleo del mismo, el cerebro límbico/emocional, y la corteza cerebral con su cualidad racional. Sabemos, tal y como lo señala Maslow, que la autorrealización pasa por la expresión plena de nuestras capacidades potenciales y que expresar lo que uno es, es una necesidad de orden superior.

Hemos recibido una educación que, de los tres centros: cuerpo, afectividad, mente; pone el foco en capacidades mentales como la lógica, la memoria, la razón, el análisis, la planificación, etc. El sistema educativo no contempla seriamente el desarrollo de las capacidades afectivas. Ni capacidades de la inteligencia de nuestro cerebro derecho como la intuición; ni las capacidades que tienen que ver con la expresión a través de nuestro cuerpo ni con nuestra naturaleza instintiva. Lo que más me preocupa es que el sistema educativo no tienen ni idea de lo que es una educación en el amor, puesto que es un sistema creado desde la lógica racional para un fin muy concreto: crear mano de obra para una sociedad obsesionada con la producción.

La consecuencia de este enfoque es la sociedad tal y como la conocemos, una sociedad desequilibrada y liderada por analfabetos del amor.

Para educar en el amor hay que tomar la escuela de hoy y darle la vuelta. O mejor, crear una nueva escuela que eduque a seres humano completos. Una escuela que se enfoque en desarrollar la capacidades que ya traen los niños por naturaleza en lugar de llenar sus cabezas con tanta información. Información, que por cierto, está colgada en la red.

Hasta donde yo alcanzo a comprender el amor es el pegamento de la vida, es lo que nos une. Las capacidades del amor tienen que ver con sentirnos «unidos a…» Nos unimos a una persona si sentimos ternura, nos unimos a la vida si sentimos alegría, nos unimos a la naturaleza cuando somos capaces de apreciar su belleza, la compasión nos une al otro a través de su dolor, la devoción nos une a algo más grande. ¿Te das cuenta? lo que hacemos en las escuelas es justo lo contrario al amor. La escuela de hoy es justo lo que hay que hacer para desconectar a las personas de su corazón, es decir, de  su capacidad innata de sentirse «unidos a…».

Lo primero que hacemos cuando un niño entra en el proceso de escolarización es «separarlo de…«. Comienza entonces el gran proceso de desconexión al que hemos sido sometidos y sometemos a las nuevas generaciones. Empezamos separando a los niños por edades y en algunos colegios por sexo. Continuamos desconectando al niño de su cuerpo al someterlo a largos procesos antinaturales de estar sentado y sobreestimulando las capacidades mentales por encima de las energéticas y emocionales. Empezamos a desconectarlos de sus emociones y de sus necesidades simplemente por no darle espacio, mandándoles el mensaje subliminar de «aprende las normas y cúmplelas como sustituto de tu sentir». Los desconectamos de su singularidad al obligarlos a aprender a todos de la misma manera. Los desconectamos de su capacidad natural de aprender y les imponemos métodos adaptados a la comodidad del adulto. Separamos el conocimiento en asignaturas estancas, sin relación entre sí. Los desconectamos de su capacidad natural de aprender jugando y la sustituimos por métodos aburridos basados en el miedo a ser castigados y/o la motivación a través del refuerzo positivo (tal y como domesticamos a un perro). Los desconectamos de su capacidad de experimentar inhibiendo toda iniciativa por el mandato «Haz lo que yo te diga en todo momento».  Los desconectamos de la belleza y de la naturaleza al introducirlos en centros arquitectónicamente horribles, parecidos a una cárcel o una fábrica…

Al final del proceso de escolarización nos encontramos con jóvenes/adultos desconectados profundamente de su corazón y de su capacidad de guiarse por el entusiasmo. ¿Qué sociedad hemos construido con personas así? ¿qué sociedad vamos a seguir construyendo? Una sociedad sin corazón es una sociedad que no se respeta a sí misma, capaz de destruir su medio ambiente, de generar numerosas injusticias, engaños y corrupciones, una sociedad mentirosa incapaz de operar desde el bien común, una sociedad con gran capacidad autodestructiva.

Piensa que tú has pasado por todo este proceso educativo de «separarte de…» y que ha generado un impacto en ti que está condicionando tu vida presente tengas la edad que tengas. Lamentablemente, la mayoría de las personas se han adaptado a esta situación, viven como si estar «separado de…» es lo normal.

La construcción de una sociedad del bien común pasa por que las personas que formamos parte de la misma activemos nuestros corazones, la energía necesaria para unirnos en la construcción de una sociedad armoniosa. Y además, es preciso que recuperemos nuestra naturaleza instintiva aceptando que el placer es parte esencial de la vida. Si exploramos un momento en nuestro interior podremos comprobar la existencia de un anhelo profundo a sentirnos conectados, de sentirnos «unido a…». Es una fuerza superior que nos empuja a través del sufrimiento a buscar la conexión genuina. Debido a nuestro analfabetismo afectivo se nos hace muy difícil establecer relaciones sanas y buscamos sustitutos como las adicciones, el consumismo y relaciones superficiales a través de las redes sociales. Si te fijas, cuando nos sentimos conectados es cuando nos sentimos felices, por tanto, una de las caras de la felicidad es la capacidad de sentirnos «unido a…»

Creo que es preciso y urgente que cada uno de nosotros se plantee como va a recuperar su corazón. Una sociedad con corazón se construye con personas conectadas a su corazón con capacidades de crear vínculos profundos que fortalezcan una consciencia colectiva sólida. Intuyo que estamos en el camino de descubrir que cooperar para el bien común trae un gran gozo a los individuos. Para llegar ahí, aún tenemos que sanar nuestras heridas del pasado ¿Estás en ello?

¿Qué calidad tiene tu estar «unido a…» la vida, a tu pareja, a tus hijos, a tus amigos, a tu profesión, a tu casa, a tu barrio, a tu pueblo, a la naturaleza, al universo, a ti mismo,….? Creo que de esta calidad depende tu bienestar individual y el colectivo.

Me complace ser una de tantas personas que hoy estamos trabajando para recordar que el camino del corazón y la activación del potencial personal es una alternativa sana a una sociedad que comienza a pudrirse.


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