Recuerdo el día que mi padre me llevó al colegio de la Salle para solicitar mi ingreso en él. Tenía 6 años y me enfrentaba a mi primera gran prueba. Tenía que leer una frase y escribir mi nombre. Uf! Delante de un señor que no conocía de nada y delante de mi padre. Los dos estaban atentos si lo hacía bien o lo hacía mal. Con 6 años me inicié en el estrés que supone ser valorado por otros.

Cuando jugábamos en la infancia explorábamos, probábamos, experimentábamos por la alegría y la curiosidad de ver qué pasaba. De manera innata buscábamos el placentero gozo de descubrir nuevas experiencias y posibilidades. Asumíamos pequeños retos que nos generaban una tensión placentera, como saltar desde una altura considerable, subir a un árbol, ir con la bicicleta por un camino difícil… Esta actitud lúdica por explorar la vida nos llevaba a aprender con velocidad. ¿Cómo es que como adultos nos estancamos tanto? ¿Cómo es que dejamos de explorar la vida?

Recuerdo el sufrimiento silencioso que experimenté en mi etapa escolar. Tenía dificultad en aprender la lecto-escritura. Una dislexia no detectada por mis educadores no me lo ponía fácil. Así que entrar en el aula cada día era una tortura, tenía que evitar a toda costa que los demás  se dieran cuenta de mi torpeza a la hora de leer un texto. Al compararme con mis compañeros, yo mismo me daba cuenta de lo mal que leía. Así que, tenía que vivir con la tensión que suponía la amenaza de que el maestro me dijera: – «Enrique, lee» – quedándome expuesto sin defensa al juicio de mis compañeros y de mi maestro. EL miedo a hacerlo mal era terrible así que desarrollé todas las estrategias posibles para ser invisible y pasar desapercibido.

Ahora sé la fuerza que tiene la necesidad instintiva de pertenencia al grupo. Nuestro instinto está configurado para detectar situaciones que supongan una amenaza a nuestra supervivencia. En nuestros orígenes como especie, tener una anomalía  que nos excluyera del grupo sería la muerte segura. Aunque hoy en día quedarse solo no supone una muerte física, el miedo a no pertenecer al grupo sigue formando parte de nosotros.  Nuestro yo instintivo siempre está alerta a no mostrar la anomalía para que el resto del grupo no nos excluya y así poder sobrevivir.

Entonces, si este miedo es instintivo y tiene como intención positiva la supervivencia,

¿podemos hacer algo al respecto?

Para responder a esta pregunta hay que tener en cuenta que, el miedo a equivocarnos nos puede ayudar a sacar lo mejor de nosotros mismos, puede ser uno de los motores que activa nuestro potencial creativo para dar lo mejor de nosotros al grupo y así garantizar la permanencia al mismo. O, por el contrario, el miedo a equivocarnos puede provocarnos parálisis vital, es decir, no tomamos decisiones y no pasamos a la acción por miedo, ya que, si lo hacemos,  una de las opciones posible es equivocarnos quedándonos expuesto al juicio de los demás.

Creo que todo educador, madre, padre y toda persona en general,  debe ahondar en el darse cuenta del impacto tremendo que se produce cuando juzgamos al otro por cómo es y por cómo hace. En especial el juicio de valor que emitimos los adultos a los niños.

Las personas que vivieron una infancia en un ambiente de juicios severos, donde no hacer las cosas “bien” estaba penalizado con un castigo, probablemente han desarrollado un miedo a pasar a la acción y al cambio que les supone una limitación y un sufrimiento poderoso. Por otro lado, las personas  que vivieron en un entorno libre de juicios y donde el error no estaba penalizado, probablemente tienen más facilidades de innovación y de adaptarse a los cambios.

Lo más importante que quiero transmitir en este artículo, es que pese a todo lo dicho, nuestro cerebro es plástico y tenemos la capacidad de desaprender y de aprender nuevas formas de afrontar todo aquello que nos supone un reto. Se puede superar la parálisis del miedo y usarlo como aliado en lugar de enemigo.

Tenemos en nuestra naturaleza ser prudentes para garantizar nuestra supervivencia y también tenemos en nuestra naturaleza el impulso de asumir experiencias que nos retan constantemente, como cuando éramos niños y nos subíamos a un árbol. En esto consiste la evolución personal y colectiva.

Me gusta imaginar la vida como el juego que nos reta a sacar lo mejor de nosotros mismos. Si dejamos de hacer este juego por miedo a equivocarnos, morimos en vida. Es decirle «NO» a la vida.

El reto de los retos es decirle «SI» a lo fácil y fluido y decirle «SI» a lo que nos es difícil.

¿En qué reto andas? Le estás diciendo «SÍ» o le estas diciendo «NO».

Gracias por leer mis palabras.

Para mí ha sido un reto enorme pasar del niño disléxico que se escondía por las faltas de ortografía a compartir esto contigo.

Con cariño, Enrique

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