Una noche de verano en una playa en Cabo Verde mientras mis dos compañeras de viaje dormían yo, tumbado en la arena, veía las estrellas. Era tarde y sentía resistencia a ir a dormir ante tal cantidad de estrellas que dibujaban el cielo. Era increíblemente espectacular.

Extasiado por tal belleza sentí que algo me tocaba el dedo índice de mi mano derecha. Me asusté y me levanté de sopetón en busca de una explicación a tal hecho. No vi nada particular ¿qué me ha tocado? ¿Eran imaginaciones mías? No, no, el contacto había sido muy claro. Me inquietaba más, no saber, que el hecho en sí mismo que no provocó ningún daño. Vaya como cuesta la incertidumbre.

El susto fue pasando y la curiosidad tomó el mando, escavé en la arena, observé todos los alrededores, levanté piedras. Nada, no encontraba la explicación. Poco a poco me fui olvidando del acontecimiento y me vi deambulando por la playa salvaje y desierta en la que me encontraba. Me acerque a un pequeño charco que había dejado la marea baja. Iluminé con mi linterna el pequeño charco de agua de menos de medio metro de diámetro. ¡Qué maravilla! Descubrí todo un universo, pececitos diminutos, caracolas en lento movimiento, algas de muchos colores diferentes, un gusano. Era asombrosamente perfecto, viví ese pequeño descubrimiento como un lugar de paz, un poco más lejos hacia mar adentro rompían las olas en su inquietante movimiento. El contraste era estimulante y placentero.

Después de un rato descubriendo microuniversos me tumbé nuevamente en la arena  para ver  la grandiosidad del cielo estrellado. Y justo en ese momento una gran estrella fugaz apareció en el centro de mi panorámica haciendo un nítido y largo recorrido hasta que, al final el meteorito se dividió en dos creando dos estelas. Mi corazón se aceleró de emoción nunca antes había visto algo así.

La semana siguiente viví una experiencia de conexión con la naturaleza que provocó un salto cuántico en mi consciencia. Durante el viaje descubrí al cangrejo fantasma, se llama así porque se esconde con gran habilidad enterrándose en la arena. Deduje que fue un cangrejo de este tipo el que me pellizco el dedo cuando observaba las estrellas. Gracias pequeño cangrejo.

Tenía 33 años entonces y empezó una etapa de dos años cuya principal particularidad fue que flui con la vida. Me entregué con confianza a observar los detalles de la naturaleza y de mi vida y en estado de receptividad me empezaron a ocurrir cosas extraordinarias que redirigieron mi vida hacia un nuevo camino, el que hoy en día transito.

Han pasado 17 años desde entonces y deseo confesarme:

Confieso que cuando no veo la maravilla de lo pequeño, no fluyo.

Confieso que las expectativas que yo mismo me genero nacen del miedo. Ahí veo que no fluyo

Confieso que me siento preso de mis ideales. Me alejan del presente, de lo que soy y tenerlo en mi cabeza hace que se estanque mi energía.

Confieso que quiero agradar a todo el mundo, que me admiren y vean lo extraordinario que soy. Desde la falsedad no fluyo

Confieso mi egoísmo y mi incapacidad de ver más allá de mi ombligo. Ahí me siento pequeño y en la escasez, no fluyo

Confieso haber fabricado una armadura que siento en mi dolorido cuerpo precisamente para protegerme del dolor. Qué paradoja, no fluyo

Confieso tener un profundo miedo a que vean que en mí hay algo sombrío y por lo tanto me rechacen. Ocultarlo me quita la energía del fluir

Confieso que he visto en mí algo que trasciende a todo lo anterior, confieso que he experimentado el éxtasis de fluir, confieso que he experimentado la abundancia de estar conectado a mi esencia. Y, confieso que lo echo de menos.

Hoy me abro a fluir

Gracias por leer este texto autosanador.

Deseo que fluyas con la vida y el universo.

FIN, por ahora


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